Bitácora de invierno 

​Explotaron tus párpados,

Como balcones que se derrumban

Corroídos por el tiempo,

Y los escombros cayeron 

En forma de lágrimas avellanas

Al ritmo de relojes frenéticos

Sobre tus labios partidos por el frío. 

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Aplauden los fantasmas, 

Borrachos con la sangre de nuestra juventud,

Escupiéndonos,

Pateándonos las costillas, 

Riéndose a carcajadas 

Mientras señalan 

Las ojeras que adornan nuestros rostros. 

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Sopla el viento,

Sin contemplaciones,

Empujando las sombras 

Contra la pared 

Y nos araña la piel 

Hasta que rechinan las muelas.

Llueve, para adornar la tragedia. 

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Incongruencias de alto calibre. 

Me dejé vencer por el resplandor de los atardeceres en tus pestañas y ahora tengo largas noches de insomnio, adornadas por perlas del rock nacional. Cada noche una banda me cuenta cómo es ser aparentemente eterno, mientras los teros y las lechuzas se disputan el baldío de al lado.

 Quise jugar y me cambiaron las reglas, porque antes hasta me animaba a cantar envido con tan solo 22. Uno se acostumbra a perder y cuando gana siente que no lo merece. Indefensión aprendida, dicen, no sé. 

De tanto caminar por calles que creí conocer como la palma de mi mano, mis zapatos se desgastaron y mi alma se fue goteando por los agujeros de las suelas. No dolió porque los adoquines del  barrio anestesiaron cualquier sensación. Pero el dolor no pudo evitarse al verme reflejado en los anaqueles oxidados de melancolía, entre libros color amarillo y esas páginas carcomidas por el olvido. Como siempre, estas ideas florecen cada vez que me siento en algún bar de los de antes. Como hoy es el “Hipopótamo” ayer fue “La poesía”. 

 No puedo evitar soñarte con los ojos abiertos. Lo que me termina entristeciendo es que no existís porque yo te inventé con tinta traída de los palacios oníricos y como esas nubes que miramos en verano, sólo tienen forma por un rato.  

La indiferencia o la falta de convicción terminan empujándote hacía la calle de la duda. El problema de ésta -la duda- no es cuestionar. Para nada. El conflicto aparece cuando la duda se calla y se oculta. Dudar es necesario para abrazar verdades.  ¿Qué maldad habré hecho para esos atardeceres mutaran en insomnio? Me pregunto, dudo, reflexiono. 

Vos, que sos ella y sos aquella, retumbas, así como golpea el Rio de Plata a la costa en plena Sudestada.  Y yo sin más, trato de salir a flote. Ya no es un color de ojos, ni un color de pelo, ni una voz especifica. Es la idea de recordar lo que se clava como espina de rosa que está siendo podada.  No es que le tema a lo que ya no es, porque mentiría. Pero la mente juega su propio campeonato. Ahí las reglas las fija algo superior. 

Hoy no pedí café. Pedí un té, algo exótico.  Quise cambiar, como quién rompe una cábala. El té es naranja, como el  resplandor de los atardeceres en tus pestañas. 

Me rindo. 

Párrafos oníricos

Son las 3:45 de la mañana y la primera alarma del día todavía duerme, pero a pesar de eso y de que el día no comienza o no tendría que estar empezando, los ojos revientan en llanto insomne pensando que la madrugada es el mejor momento para recordar. Recordar por el simple hecho de sentarse a tomar un café con la memoria. Y en ese momento aparecen los párrafos resumidos de un sueño.
… tirado como un borracho; como un tipo al que acaban de dejar sin muchas explicaciones y no por una, sino por todas las mujeres de su vida. Tirado, en la banquina de una ruta desconocida y siniestra, pidiendo auxilio ante luces que desfilan con desprecio por miedo a ser arrebatadas a las sombras de una noche perpetua. Tirado, emulando ese papel abollado que no conoce el día, ni la hora ni el porqué.
…sentado, inmóvil en un vagón de tren antiguo yendo hacia una ciudad desconocida de nombre, porque las caras eran tan familiares que asustaban.
…personas, blancas, muy blancas, con la figura apenas sugerida haciendo rondas de mate mientras murmuraban.
Nada de esto quizá tengo sentido. Igualmente el malestar se instala hasta otro amanecer.

Pesadilla (no me olvides)

La fiesta había terminado hace tiempo. Las guirnaldas amarillentas se aferraban a las paredes como pidiendo una última oportunidad antes de partir al olvido eterno. Somos tan reemplazables como éstas que a veces me asusto con la simple idea de hacerme olvido frente a tus pestañas. Es morir, desde la metáfora, desde la incertidumbre. Sería el miedo a que me deseches, a no ser más tu café a la mañana y pasar a ser el gris que viste tu ventana a las 7, temprano antes de besar la rutina, o quizá besándola ya.

La fiesta se había consumido. Los aplausos disipado. Ni grillos ni viejas quedaban ya desparramándose en las silletas de plástico y de poco la escoba jugó su carta.

El sueño pesado se hizo madrugada.

No me olvides te susurré mientras besaba tu frente y ahí nomas me levanté a preparar nuestro mate.

 

Bailarina II

Cuando te conocí eras una bailarina que  tenía en media punta su corazón y hacía sus  jeté en un cajón lleno de polvo y acuarelas opacas. La sonrisa de la cual me enamoré al instante estaba forjada por los surcos de la nostalgia. Tus pestañas, donde soñé con arroparme durante noches enteras, temblaban con la simple idea de bailar otra vez con el tango de la duda y desilusión. Quizá algunos lo tomaron  como excusa y escaparon. Pero yo no; siendo sincero, podía ver el dolor en tus pupilas y eso me ponía el alma de un color que hoy no podría describir con certeza, pero que estoy seguro que está en la escala de los grises. Sin caer en la típica poética del color, debo confesarte que ese color no me asustó. Al contrario, me motivó a revolucionar tu alma. Y tomando mis pocas palabras en mi bolso marrón, emprendí la aventura más difícil de mi vida. Sí, porque tal vez muchos piensen que conquistar el espíritu libre de una bailarina es una tarea imposible. Pero, y aquí es donde el cliché aflora por mis poros, el amor te hace más libre que cualquier dolor atragantado en la laringe. O dónde sea que se estancan los momentos salados del ayer. Y de este modo es que siempre estuve convencido  de que no sólo te iba a morder los labios sino que también ibas –vas- a ser mía para siempre.

Cuando te conocí, el corazón aplaudió de pie hasta que me faltó la respiración y las estructuras de mi mente se cayeron, una a una, como si una gran bomba hubiese detonado en mi interior. Me sentí un estúpido por un instante. Luego sentí fuego quemando mi panza y al final tuve miedo de perderte. Porque perderte también implicaba despedirme de esas sensaciones mágicas, extraídas de algún libro viejo de alquimia emocional.  Mientras las horas expulsaban suspiros por los sueños no concretados, estuve tentado a tomarte de la mano y sacarte a bailar. Pero, si te acordás, eso no lo pude hacer hasta mucho tiempo después.

No sé en qué laberinto pasean nuestras sombras, pero estoy seguro que las piedras en el camino las pateé como hacía cuando tenía 6 años pensando que cualquier cosa que se me interpusiera enfrente, sea problema o canto rodado, podía ser pateado y transformado en gol.  Oh sí, las metáforas relacionadas al fútbol. Siempre aparecen, no las puedo despegar. Simplemente no puedo. Por eso te termino diciendo, cuando no sé cómo convencerte de mi amor que sos el torneo que quiero ganar. Y lo más probable es que le restes importancia a tan banal comparación; sin embargo no puedo dejar de pensar de esa manera.

Sos bailarina, vestida con sedas blancuzcas y no parás de enrollar mi aura con tus dedos suaves sobre mi garganta. No existe mejor manera de perder la respiración.

Las caderas del universo

I

 

Quiero alcanzarte

Y recorro

Las caderas del universo;

Esquivo espejismos

(También)

Besos engañosos

De corazones tartamudos

Mientras las espinas

Se clavan

Y queman

Como brasas

Encendidas en el calor

De tu desprecio.

 

II

 

Quiero alcanzarte

Y subo

A los suspiros hostiles

De sombras mitológicas.

Intento domarlas,

Pero nadie conquista

A los dragones desvelados

Por el timbre del pasado.

La chispa de la mentira

Espolvorea tus largos cabellos

Y enciende despacito

Tus lágrimas

Al amanecer.

 

III

 

Quiero alcanzarte

Y muerdo

Los labios hasta sangrar

Y me rebota el corazón

Por toda la expansión

Del cuerpo atormentado

Por un pensamiento vestido

De armaduras oscuras:

Tus pies están hechos de tiempo

Y los míos de barro.

Siempre (siempre)

Vas a escaparte de mí.

Tus dolores

Se cierran tus ojos en la mitad de la madrugada, mientras la lluvia se desliza por las ventanas de tu balcón y el ventilador compite con los truenos para arroparte.

 

El día, intenso, caluroso y lleno de sombras fue un puñal clavándose en las heridas color carmesí. Los problemas desfilaron en fila y sin pedir permiso te mordieron, algunos el cuello, otros la mano y algunos el corazón. Vos, rodeada de personas con labios pero sin oídos te sentís sola. Y te sentás sola en la barra de tu mente, pidiendo algún ansiolítico al cantinero de pelos blancos, largos y desordenados. Pero el ruido, el puto ruido, se te mata de risa en la cara. Las carcajadas tienen formas de frases armadas, duras como costras, penetran tus pupilas. Estallás en llanto, en silencio, a oscuras, temerosa de que te descubran otra vez frágil. Dicen que el ayer es una especie de laberinto en forma de espiral que busca atraparte, asfixiarte y matarte. Transformarte en un ente, sin alma. Depresión es el cartel de bienvenida. Rutina es el peaje en esta autopista.

Alguna vez te soñé, en tu vestido blanco, bailando, explotando como bailarina. Dejando surcos en forma de arco iris; evitando el espejo. Todavía te asusta ese reflejo, pero no tanto. Hoy te levantas diferente. Hoy tenés ganas de luchar, aunque la milonga sea jodida.

Tu arma secreta es esa sonrisa. Pero específicamente el brillo de las comisuras. Una vez, me sentí moribundo, sediento en el desierto de la duda, viendo  espejismos que era polvo, incertidumbre en forma de mujer, hasta que sonreíste. Sólo eso me bastó. Y acá me ves, sentado en el escritorio color borravino con los dedos encendidos, inventando oraciones que quizá nunca leas.

Se cierran tus ojos en la mitad de la madrugada, luchando contra la impotencia de querer ser. Peleando entre almohadas gigantes que llenas los huecos que me gustaría gobernar a mí.

La púa del viejo combinado exprime un gemido del vinilo. Es el tango de la vida. No existe mejor metáfora que explique nuestros dolores.